domingo, 29 de julio de 2018

Ay, Sol de primavera,
quién estuviera a tu vera,
cuando sopla Soledad
enfureciendo al mar,
cuando suena la trompeta
anunciando la tormenta.

Ay, Sol de primavera,
corren tiempos de guerra,
en este mundo
que gira sin rumbo,
enloquecida viene Hambre
asolando la calle.

Ay, Sol de primavera,
han levantado una verja
¿pasará tu rayo
al otro lado?
sin piedad viene Frío
a llenar su bolsillo.

Ay, Sol de primavera,
quédate cerca,
cuando venga Muerte,
con voz solemne
lo suyo reclamando,
tenme en tu regazo.
Rodeada de muerte, la primavera llora lágrimas de azúcar,
jamás volveré a soñar la guerra de las pinturas,
galopar a lomos del caballo blanco.

¿Dónde están los verdes prados?

Me miras con esos ojos de sapo a punto de croar.

Gritos.

¿Dónde están las flores?

Ha muerto el viejo chamán,
en alguna alcantarilla encontrarán sus huesos roídos.

Canta conmigo,
aquellas canciones de olvido,
volver a recordar volar sobre las nubes,
volver a recordar cómo me escupes.

Vomité palabras de amor al revés,
devoré las plantas carnívoras que crecían a tus pies,
me enamoré del fango otra vez,
arranqué las notas de la flauta al soplar a través.

Regué de vino mi dolor, aunque creáis que no, desapareció.

Ella siempre vuelve
con su mirada verde,
con la lengua entre los dientes,
cuidado que muerde.

El árbol, con su seca rama, entre quejidos me habla,
recuerdos de la anciana del bosque y sus hadas.

La araña teje,
otra hoja verde.

El perro aúlla,
su boca espuma.

El pájaro ya no canta,
me mira desde la rama,
como si yo tuviera la culpa de los huesos rotos,
como si yo no estuviera loco.

Arranqué el blanco para dejar salir el negro
dolor, sangre,
todo tornó agujero.

Otra vez la noche,
te llamo y no respondes,
somos escarabajos bajo el barro
gusanos aplastados en mi zapato,
mira como fornican nuestros cuerpos putrefactos.

Me siento en mi banco, espero,
no ver,
no comer,
no respirar.

Sombra en la pared
sombra en la ventana
sombra en la mesa
ella está en todas partes,
eyaculo pus sobre su cuerpo putrefacto,
los gusanos devoran la carne,
no tengo ojos pero veo
veo más allá,
donde las flores se pudren,
escucho como crece mi pelo
me hago viejo.

No sé a qué coño esperáis,
la tormenta ya ha empezado,
devoraros los unos a los otros.

La sangre escurre por mis brazos, escurre por mi cara,
la muerte me mira con ojos de sapo,
espinos atravesando mi carne, ceniza a la ceniza,
ríos de odio, fuego,
trona la noche,
humo negro a lo lejos,
ya huele a carne quemada, las putas bailan la danza macabra.

Ruidos de metal en la noche,
me quemo los ojos con una colilla,
ahora veo la risa de la raposa,
ahora veo la niña con el cuchillo,
sangre negra
sangre muerta,
atraviesa mi cuerpo con tu filo, verás que ya no sangro.

El sonido de los huesos rotos del perro atropellado,
canicas rotas rebotando contra el suelo de cemento,
la muñeca se deshace al calor de la chimenea,
una foto vieja, rota en mil pedazos, se refleja en el espejo.

La voz del vagabundo cabalga entre las sombras,
grito nocturno,
ya no hay música, sólo ruido,
el ruido de las ramas secas partiéndose al viento,
el ruido de la lata vacía pateada por el niño,
el ruido de sus uñas rasgando mi cara,
la hoja se arrastra por el suelo,
la cucaracha se aplasta bajo mi pie,
mariposas blancas fornicando entre las flores,
escupo las palabras de la noche.

No sé si muero poco a poco o vivo despacio,
con estas largas cadenas ancladas a un muro lejano,
no sé si son tus labios o si es el mar a donde quiero llegar.

Salir, a ver los jilgueros cantar,
acorralada por sus voces de cartón
engañada por sus palabras de papel,
quizá aún queda algo de esperanza para la música...
Me acerqué a la luz
creyendo que eras tú,
vi una gran serpiente arrastrarse por el verde
vi el fin de la mente, asediada por la peste.

Cuando la luz se apaga
despierta el hada.

Caminé entre la nieve,
sólo quería verte,
caí por la pendiente,
encontré un penitente,
me mostró un juego
que aprendió del fuego.

Nos sorprendió la muerte con su rostro inerte
al galope, de frente, cargamos inclementes,
su mirada, azul cristal ,no detuvo mi puñal,
que hinqué profundamente,
atravesé certeramente el corazón de aquel ente...

Fue entonces cuando alcancé a verte.
Whisky, muerte, enrollados en la sábana,
atrapado en la telaraña,
grita el mono tras su máscara.

Envidio la libertad, el mar, la soledad,
ojos cubiertos de mañana, sal,
la niebla, el monte, el bosque,
despertar sudoroso en la noche.

La rama, la rama del árbol cruje
cruje lamentos aunque nadie escuche,
levanta su voz colérica,
como en una alucinación lisérgica
esputa hojas secas,
remolinos de viento
cuentos de vieja,
nadie viene a lo lejos
ni siquiera el conejo,
el agua lleva mi esencia
como en una bolsita de té,
masturbado en el silencio del mirar sin ver.

Salvaje cuchilla que rasga como el viento.

Bombardeado de naturaleza
vi al ciervo,
se transformó en árbol perenne
el hombre gris lo trastocó inerte,
jodido hombre gris con su fuego,
a veces hasta yo tengo miedo
del tiempo que viene del lejano poniente.
Quisiera ser verso sangrante
devoto a la carne
marchar,
marchar con el frío,
olvidar el vino
como el que olvida un libro
volver,
volver con todo lo escrito
como el viento en otoño,
alzar el rostro
decir no quiero,
como miel en los labios
como humo de beleño.
Acariciar la noche como una sombra,
ríos de agua dorada,
flores salvajes estallan olorosas,
el silencio,
la soledad,
el humo
el éxtasis de la autocontemplación.

Deberíamos temer al todo,
volver a la nada
sin tiempo,
sin muerte,
sin odio,
sin amor.

Soñé caminar desnudo,
entre la gente,
había quien se escandalizaba,
quien no se inmutaba,
yo simplemente seguía mi camino
mas no había camino sino laberinto,
mendigaba unos tragos de vino
mi vergüenza se encogía con el frío.
Desperté erecto y dolorido,
con ojos de mapache,
no pude, aunque quise, levantarme,
eyaculé heridas de sangre
sangre brillante,
y ahí fuera la noche vigilante.