Mi sangre, va a suicidarse al pozo de la mañana,
ya no valoro, como antes valoraba, la palabra,
y si acaso algún día saliera el sol de algodón,
de que nos serviría, si el borrego el verde devoró.
Aquí, bajo el manto de hojas, las ramas hacen jirones el cielo,
sólo las hormigas saben que te echo de menos.
Tus mentiras, tus verdades, nuestras calamidades,
mi piel se vuelve escamas al navegar tus males,
los rayos de la tormenta, caen como condena,
lágrimas de lluvia mojan toda la leña.
Mientras escucho al hombre que lloró fuego
sus lágrimas encienden mis dedos,
gris mierda en la ventana,
miro hacia la nada,
empieza a llover carne muerta, abro la puerta
y ahí estás,
con los ojos para atrás,
encadenada a la pared,
con la lengua del revés
escupiendo espuma,
todos te llaman puta.
El amarillo de la ciudad quema como un cigarro entre los dedos,
todos están ciegos
no saben hablar,
el ruido entrecorta el silencio como un despertador,
es la hora de los necios, escucha su hedor,
gritos de alcantarilla
cortan como cuchilla.
Cantan los santos canciones de humo,
el infierno se acerca, el diablo sopla
palabras de azufre que queman mis ojos.
Robaste mi dinero
ya no podré coger el tren,
no hay monedas en el sombrero
no sé si podré volver.
El tracateo del olvido inunda mi garganta,
no voy a poder evitar el vomitar,
el sol quema la ciudad,
no crece ni una planta.
Silencio otra vez,
y el silencio me grita
las manos contra la pared
y el grito me irrita,
escondo la cabeza como el avestruz
y las hormigas devoran mis ojos,
todos me llaman loco
porque no veo la luz.
Bajo el gris, el cantor escupe una flor,
se rompió el cántaro, se escapó el pájaro,
tumbada en la camilla,
la boca llena de semilla,
no crecerá ningún árbol,
estoy lejos a tu lado
como la hoja vieja,
que vuela la calleja.
Tus lágrimas rasgan mi piel cuchilla,
baila la camisa en la brisa amarilla,
tras la verja crees estar cerca,
gira y aprieta la oxidada tuerca.
Su ojo fuego, cuchillo su dedo,
raja la madrugada,
quema la mañana,
palabra cristal salvaje,
sin querer amar,
hacia ninguna parte,
pisada de ciego al árbol del muerto.
ya no valoro, como antes valoraba, la palabra,
y si acaso algún día saliera el sol de algodón,
de que nos serviría, si el borrego el verde devoró.
Aquí, bajo el manto de hojas, las ramas hacen jirones el cielo,
sólo las hormigas saben que te echo de menos.
Tus mentiras, tus verdades, nuestras calamidades,
mi piel se vuelve escamas al navegar tus males,
los rayos de la tormenta, caen como condena,
lágrimas de lluvia mojan toda la leña.
Mientras escucho al hombre que lloró fuego
sus lágrimas encienden mis dedos,
gris mierda en la ventana,
miro hacia la nada,
empieza a llover carne muerta, abro la puerta
y ahí estás,
con los ojos para atrás,
encadenada a la pared,
con la lengua del revés
escupiendo espuma,
todos te llaman puta.
El amarillo de la ciudad quema como un cigarro entre los dedos,
todos están ciegos
no saben hablar,
el ruido entrecorta el silencio como un despertador,
es la hora de los necios, escucha su hedor,
gritos de alcantarilla
cortan como cuchilla.
Cantan los santos canciones de humo,
el infierno se acerca, el diablo sopla
palabras de azufre que queman mis ojos.
Robaste mi dinero
ya no podré coger el tren,
no hay monedas en el sombrero
no sé si podré volver.
El tracateo del olvido inunda mi garganta,
no voy a poder evitar el vomitar,
el sol quema la ciudad,
no crece ni una planta.
Silencio otra vez,
y el silencio me grita
las manos contra la pared
y el grito me irrita,
escondo la cabeza como el avestruz
y las hormigas devoran mis ojos,
todos me llaman loco
porque no veo la luz.
Bajo el gris, el cantor escupe una flor,
se rompió el cántaro, se escapó el pájaro,
tumbada en la camilla,
la boca llena de semilla,
no crecerá ningún árbol,
estoy lejos a tu lado
como la hoja vieja,
que vuela la calleja.
Tus lágrimas rasgan mi piel cuchilla,
baila la camisa en la brisa amarilla,
tras la verja crees estar cerca,
gira y aprieta la oxidada tuerca.
Su ojo fuego, cuchillo su dedo,
raja la madrugada,
quema la mañana,
palabra cristal salvaje,
sin querer amar,
hacia ninguna parte,
pisada de ciego al árbol del muerto.
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