jueves, 15 de agosto de 2019

Dejó de llover,
pude calentar mis manos con el fuego de una colilla,
una vez conocí a una mujer que escupía llamaradas por la boca,
qué tiempos,
cómo me gustaría recuperar el sabor del hielo rojo en mis labios,
pero despierto solo con un sabor metálico,
mis pensamientos se vuelven de lata,
no hay vino,
la espesura me grita tras la oscuridad,
como una llamada a lo salvaje,
pero ya no queda tiempo,
el humo se extingue entre mis dedos hasta no quedar nada,
he perdido la cuenta de las veces que he resucitado,
sigo girando como un viejo blues,
el olor a canela llega por la ventana,
la primavera estalla como napalm,
en la jungla racimos,
en el escritorio ceniza,
agua.

Necesitamos ir a la deriva,
donde no llegue el sonido de sus voces egoístas,
sí, solitarios, como las gotas de lluvia que resbalan por la ventana,
alcanzaremos nuestro todo,
resurgiremos del lodo,
donde nos olvida el vino y el Dada,
donde no alcanzan los colores
ni hay dolores...

Quizá encontremos una fábrica de chocolate,
o perdida, en alguna parte,
la máquina de hacer arte,
y posemos desnudos,
sin importar a nadie,
cuando muera la serpiente y todo cambie,
si, entonces,
donde la luz pierde su nombre,
quebrará la lengua del inocente
y quizá estemos frente a frente.

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