Abrí los ojos,
sólo vi blanco cegador,
poco a poco
mi vista se acostumbró
a la claridad de la mañana,
tenía una resaca descomunal,
el repugnante hedor a vino barato,
orín, quizá incluso heces,
que desprendía mi ser
me revolvió el estómago,
basqueé,
vomité
repetidas veces,
no pude evitar sacar de su
letargo a mi compañera,
una joven prostituta yonqui
que encontré en el camino.
"Joder tío",
balbuceó ella,
"¿ya la estás liando?"
"Lo siento, estoy enfermo",
respondí,
"eres un enfermo
que no es lo mismo",
contestó malévolamente,
"lo que tú digas,
cielo",
respondí con inquina,
el rostro de la joven se incendió
frunció el ceño y espetó,
"no me llames así,
¡pervertido!"
Expelí una sonora carcajada,
me encantaba cuando se enfadaba
y me miraba de esa forma,
pero era demasiado temprano para enojarla
y enzarzarse en discusiones innecesarias,
opté por desviar la conversación,
"¿sacaste mucho anoche?"
pregunté,
"no mucho,
y se lo comió el caballo",
respondió sonriendo con malicia,
"¿te ha dado por los juegos de palabras?"
"bueno,
ya que no me follas
con algo tendré que entretenerme",
no quise seguir por los derroteros habituales,
había sido una noche inquieta y fría,
"anoche soñé contigo,
cielo",
"alguna guarrada seguro,
pervertido".
"La verdad es que estabas desnuda",
comenté con cierta sorna,
"lo ves,
eres un enfermo",
suspiró,
"sí,
cielo",
"¡degenerado!"
"te quiero",
me escupió en la cara con la mirada llena de ira,
yo me limité a sonreír,
su níveo rostro se acongojó,
intenté calmarla,
"vamos,
vamos,
no llores,
sé que te prostituyes sólo para darme celos",
"¡qué tonto eres!"
exclamó riendo,
"bueno,
nena,
me voy a trabajar",
"¿trabajar?
ah,
te refieres a soplar tu flauta de mierda mientras te emborrachas,
¿dónde vas hoy?"
preguntó curiosa,
"a la calle de la soledad",
respondí,
"deberías saber que,
gracias a esta flauta de mierda,
comes todos los días
y no me emborracho,
me inspiro",
"estás loco,
das miedo",
dijo,
"bueno,
tú siempre te despiertas a mi lado",
qué relación más extraña teníamos,
supongo que simplemente
nos hacíamos compañía
en la oscura y fría vida de la calle.
Me dirigí a mi esquina habitual,
era una zona bastante transitada por gente de negocio,
eran agarrados,
pero algunos sabían apreciar la buena música,
hacían importantes donaciones a la causa,
llegué al rincón,
era temprano,
aún no pasaba casi gente,
eso era bueno,
abrí el vino,
llené el paladar de su agrio sabor,
utilicé algunas colillas,
que había recogido sabiamente,
para endulzarme la boca,
pronto recaí en un estado de embriaguez,
la marabunta comenzó a rugir,
era la hora,
con parsimonia
saqué mi flauta,
inspiré profundamente
la magia brotó,
las notas inundaban el ambiente,
figuraban la más bella melodía
jamás tocada por ser humano alguno,
las monedas silbaban en el aire,
repicaban al caer,
casi sin querer ni saber por qué
abrí los ojos,
vi que al fondo,
entre la gente,
desteñía mi joven amiga
tambaleándose sobre los lomos del caballo blanco,
nunca había venido a escucharme,
qué hermosa sorpresa,
soplé,
soplé con emoción la flauta mágica,
el violinista del tejado
se unió a mí entusiasmado,
se fueron juntando muchos otros músicos,
viejos amigos de la calle,
el mayor concierto improvisado
de la historia tenía lugar,
mi compañera alzó el rostro
con voz angelical se unió a mi flauta
en perfecta armonía,
conjunción sublime
de forma desconocida para
los mortales
se dio entre nosotros,
una lágrima brotó de sus ojos,
arrastrada por el viento,
lucía en el cielo como diamantes,
y los hombres de piedra,
tornaron color,
y el bosque de metal volvía a verde,
verde,
su voz se secó,
su cuerpo se desplomó,
soplé,
soplé con gran dolor
hasta que no quedó más dentro de mí,
mi corazón quebró...
Oh Alçalaín,
descansa en el reino mágico que creé para ti,
verás como eres feliz,
verás como vuelves a reír,
porque mi amor es verdadero,
porque mi amor es eterno.
Mi flauta cayó al suelo,
allí quedó,
pero la música siguió,
siguió hasta quedar grabada en el éter,
me levanté,
con el rostro encharcado
marché de aquel lugar,
para continuar el largo camino
de la calle de la soledad.
sólo vi blanco cegador,
poco a poco
mi vista se acostumbró
a la claridad de la mañana,
tenía una resaca descomunal,
el repugnante hedor a vino barato,
orín, quizá incluso heces,
que desprendía mi ser
me revolvió el estómago,
basqueé,
vomité
repetidas veces,
no pude evitar sacar de su
letargo a mi compañera,
una joven prostituta yonqui
que encontré en el camino.
"Joder tío",
balbuceó ella,
"¿ya la estás liando?"
"Lo siento, estoy enfermo",
respondí,
"eres un enfermo
que no es lo mismo",
contestó malévolamente,
"lo que tú digas,
cielo",
respondí con inquina,
el rostro de la joven se incendió
frunció el ceño y espetó,
"no me llames así,
¡pervertido!"
Expelí una sonora carcajada,
me encantaba cuando se enfadaba
y me miraba de esa forma,
pero era demasiado temprano para enojarla
y enzarzarse en discusiones innecesarias,
opté por desviar la conversación,
"¿sacaste mucho anoche?"
pregunté,
"no mucho,
y se lo comió el caballo",
respondió sonriendo con malicia,
"¿te ha dado por los juegos de palabras?"
"bueno,
ya que no me follas
con algo tendré que entretenerme",
no quise seguir por los derroteros habituales,
había sido una noche inquieta y fría,
"anoche soñé contigo,
cielo",
"alguna guarrada seguro,
pervertido".
"La verdad es que estabas desnuda",
comenté con cierta sorna,
"lo ves,
eres un enfermo",
suspiró,
"sí,
cielo",
"¡degenerado!"
"te quiero",
me escupió en la cara con la mirada llena de ira,
yo me limité a sonreír,
su níveo rostro se acongojó,
intenté calmarla,
"vamos,
vamos,
no llores,
sé que te prostituyes sólo para darme celos",
"¡qué tonto eres!"
exclamó riendo,
"bueno,
nena,
me voy a trabajar",
"¿trabajar?
ah,
te refieres a soplar tu flauta de mierda mientras te emborrachas,
¿dónde vas hoy?"
preguntó curiosa,
"a la calle de la soledad",
respondí,
"deberías saber que,
gracias a esta flauta de mierda,
comes todos los días
y no me emborracho,
me inspiro",
"estás loco,
das miedo",
dijo,
"bueno,
tú siempre te despiertas a mi lado",
qué relación más extraña teníamos,
supongo que simplemente
nos hacíamos compañía
en la oscura y fría vida de la calle.
Me dirigí a mi esquina habitual,
era una zona bastante transitada por gente de negocio,
eran agarrados,
pero algunos sabían apreciar la buena música,
hacían importantes donaciones a la causa,
llegué al rincón,
era temprano,
aún no pasaba casi gente,
eso era bueno,
abrí el vino,
llené el paladar de su agrio sabor,
utilicé algunas colillas,
que había recogido sabiamente,
para endulzarme la boca,
pronto recaí en un estado de embriaguez,
la marabunta comenzó a rugir,
era la hora,
con parsimonia
saqué mi flauta,
inspiré profundamente
la magia brotó,
las notas inundaban el ambiente,
figuraban la más bella melodía
jamás tocada por ser humano alguno,
las monedas silbaban en el aire,
repicaban al caer,
casi sin querer ni saber por qué
abrí los ojos,
vi que al fondo,
entre la gente,
desteñía mi joven amiga
tambaleándose sobre los lomos del caballo blanco,
nunca había venido a escucharme,
qué hermosa sorpresa,
soplé,
soplé con emoción la flauta mágica,
el violinista del tejado
se unió a mí entusiasmado,
se fueron juntando muchos otros músicos,
viejos amigos de la calle,
el mayor concierto improvisado
de la historia tenía lugar,
mi compañera alzó el rostro
con voz angelical se unió a mi flauta
en perfecta armonía,
conjunción sublime
de forma desconocida para
los mortales
se dio entre nosotros,
una lágrima brotó de sus ojos,
arrastrada por el viento,
lucía en el cielo como diamantes,
y los hombres de piedra,
tornaron color,
y el bosque de metal volvía a verde,
verde,
su voz se secó,
su cuerpo se desplomó,
soplé,
soplé con gran dolor
hasta que no quedó más dentro de mí,
mi corazón quebró...
Oh Alçalaín,
descansa en el reino mágico que creé para ti,
verás como eres feliz,
verás como vuelves a reír,
porque mi amor es verdadero,
porque mi amor es eterno.
Mi flauta cayó al suelo,
allí quedó,
pero la música siguió,
siguió hasta quedar grabada en el éter,
me levanté,
con el rostro encharcado
marché de aquel lugar,
para continuar el largo camino
de la calle de la soledad.
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