sábado, 29 de junio de 2019

El roce de las hojas secas sobre mi cara me hizo espabilar,
pequeños montones de caducas caracoleaban a mi alrededor,
el viento venía fresco,
salvo el susurrar de los cúmulos danzantes
nada era audible,
me levanté,
entonces me percaté
de la asombrosa longitud
que tenía
mi barba,
¿tanto había dormido?

Era imposible,
aunque,
sinceramente,
los caprichos de la naturaleza
se me hacían
más incomprensibles cada día,
me encaminé a la ansiada
cabaña de Alçalaín,
he de reconocer que,
a pesar de tener cierta idea
de donde me encontraba
y por donde tenía que ir,
fue harto difícil encontrarla,
nunca imaginé que se hallara tan recóndita,
pero, ante su letífica visión en la lejanía,
con avidez aceleré mi paso,
la distancia se iba reduciendo,
cuando algo empezó
a inquietarme,
no sé,
era una extraña sensación,
me oprimía el cerebro,
como si las cosas no fueran bien,
la más profunda y conturbante oscuridad,
que ni en la peor pesadilla
humana hubiera podido
existir,
invadió el lugar,
el ambiente se cargó de putrescencia,
entonces apareció,
Ella,
su cabello era el fuego,
su rostro la tormenta,
desprendía un frío helador,
era escalofriante,
no podía distinguir sus ojos
pero tenía la impresión de que
me miraba,
incluso me pareció que sonreía,
algo similar a una voz resonó en el aire,
un haz de luz comenzó a brotar de mis manos,
se agigantaba de forma asombrosa,
hasta que un gran fulgor cegó cuanto había,
el quejumbroso alarido que emitió aquel ser,
que haciendo alharacas se disipaba,
reverberó largo tiempo,
cuando la luz redujo su intensidad
todo volvió a la normalidad,
salvo una cosa,
mi pelo ahora era blanco puro,
mis ojos negro absoluto,
incólume al fin y al cabo tras singular encuentro,
comprendí que una plétora
de sentidos poco corrientes,
quién sabe cuánto tiempo aletargados,
se encontraban ahora activos
en toda su capacidad,
por primera vez,
tomé consciencia de mí mismo.

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