lunes, 17 de junio de 2019

Siento la guadaña en la entraña,
el sol me espanta,
la serpiente se retuerce en la garganta,
si acaso mirara
si me arrancara la cara,
negros espejos
centellean a lo lejos,
despierta,
se abre la puerta.

Aquí, en mi banco,
sentado,
repaso cuanto decías,
qué gran mentira,
arañas en la boca
tejiendo su tela espesa
te ahogan,
crees estar loca,
despiertas en una habitación blanca,
vestida con una bata,
sin saber qué es lo que pasa
miras tras la puerta acristalada,
ves borrones,
gorriones,
el árbol se desnuda,
te asusta,
sus ramas quejumbrosas,
garras en la sombra.

Con el paso del tiempo
todo se vuelve negro,
quieres mirarte en el espejo,
pero no ves,
volver,
llover,
colillas húmedas en el suelo,
mientras, el gusano hace su agujero
en tu cerebro.

Tras de mí morir,
si me ves venir,
llora para mí
lágrimas rubí.

Espadas látigo,
uñas de plástico,
no pienses,
ven a verme,
te atravesaré
en este cármeso atardecer,
lameré tu áspero verbo,
devoraré tu cerebro
lo escupiré al viento
y susurrará tu pensamiento
crecerá en mi vientre
como una serpiente,
serpiente de fuego
que muerde veneno,
y se partirá el tiempo,
volverá el dolor,
dolor que es amor.

El silencio retumba en las paredes
como grito de espantapájaros,
garganta purulenta, encía sangrante,
muñeco de trapo sin ojo, el humo
el puto humo...

Me arden las manos de dolor,
la sangre escurre por mi pecho,
no me entero si sueño despierto,
terror...

Dormir,
morir,
despertar,
caminar,
la gente esconde la plata,
me mira con ojos de rata,
oscuridad...

Creo que dejé mis tripas en la alcantarilla en mi último viaje.

Arropado por la soledad del frío
respiro el humo de mi cigarrillo,
la lluvia empapa las horas muertas,
he llamado a todas la puertas,
parece que nadie me escucha
salvo el sol y la luna,
ya arrancaron todas la flores,
ya se lleno el suelo de hojas marrones,
busco el calor de un "hola",
mientras me acurruco junto a una farola.

Las paredes eyaculan tu nombre,
manchas de odio en el suelo,
quizá las ratas
devoren mis entrañas,
pero tú te pudres en un estercolero,
quizá la mentira reluce en el agua
pero ya subí la escalera hacia el cielo,
no sé qué tanto te quejas
si sólo ardes en el infierno,
no sé qué tanto alumbra la lumbre de un mechero.

Agujas de sal atraviesan la garganta,
te miro sin verte,
con ojos de serpiente,
sólo sé que nací ahogado en tu vómito,
sólo sé que me bañé en tu excremento,
no sé qué es lo que de todo aquello queda,
probablemente sólo ceniza y colillas,
ni una última palabra,
ni un te odio,
ni un adiós.

Secó mis labios la humedad de tu ser,
sentiste lástima,
volé alto como el águila,
lejos, lejos del humo, de la rabia,
de la peste, donde el no ser,
donde la bestia se alza,
donde arden lo ojos, vomité palabras
sobre mañana.

Encontré a la dama blanca,
fornicamos sobre la guadaña,
nació un niño muerto.

Soñamos la sangre en la tierra, rompimos nuestros huesos,
vendamos los ojos con espino, mordimos el verbo,
arrancamos las uñas, devoramos la carne del muerto,
cadenas en los pies para que no escapemos,
espuma en la boca para que no besemos.

Los pájaros muertos se estrellan contra la ventana,
hedor a carne putrescente atraviesa hasta hacer sangrar.

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