Alçalaín vivía sola,
en una pequeña casa
perdida en medio del bosque,
llevaba ahí
desde el recuerdo más lejano de su memoria,
no tenía conocimiento de haber estado en otro lugar,
ni tan siquiera pensaba que pudiera existir algo más allá del bosque,
ahí estaba su hogar,
su alimento,
su vida,
era una ninfa olvidada en el tiempo,
formaba parte del bosque
éste a su vez era parte de ella,
como si una conexión mental
existiera entre ambos,
su humilde cabaña parecía verdoyo,
la oquedad de un tronco hacía las veces de chimenea,
escupía bocanadas de humo
de diferentes colores,
un puchero, donde hervían frutos y hierbas, borboteaba sobre el fuego,
desprendía un dulce aroma
que impregnaba toda la casa,
rodeada de la apacible calma del lugar
ocurría la existencia de Alçalaín,
salvo hoy,
las ramas de los árboles
se agitaban intranquilas,
murmuraban entre ellas
lo que había acontecido esta mañana
en la profundidad del bosque,
la joven ninfa quedó embriagada de curiosidad
por lo que contaban los árboles,
un humano en el bosque,
ella nunca había visto a ninguno,
¿cómo sería?
Desplegó sus hermosas alas iridiscentes,
desprendían destellos de vivos colores,
destacaba sobre todo el verde,
emprendió, llena de nerviosismo,
un rápido vuelo
hacia el viejo árbol de las afueras del bosque,
casi sin aliento llegó,
se adentró,
aún palpitándole el corazón
fuera de sí,
en la oscuridad del tronco,
un sobresalto le vino al encontrar un cuerpo malherido en su interior,
se acercó con miedo,
comprobó que aún quedaba algo de aliento en aquel desgraciado,
tenía que hacer algo para ayudarle,
intentó moverle,
pesaba demasiado,
difícilmente lograría sacarlo de ahí,
a pesar de ello,
en un cúmulo de fuerzas,
tiró de él con ahínco,
entre sudores
logró llevarle al exterior,
tendría que cargar con él,
cosa que no le hacía mucha gracia,
era excesivamente pesado,
mas la curiosidad por conocer a un humano
podía con ella,
acarreó con voluntad el peso del cuerpo
en un exagerado esfuerzo,
llegados a la pequeña residencia de la ninfa
ésta aplicó, con sabiduría,
diferentes cataplasmas,
elaboró algunos brebajes
con diferentes hierbas,
logró hacerlos tragar al pobre moribundo,
sabía que sanaría,
conocía a la perfección todas las hierbas,
sus mágicas propiedades,
sentía que una energía especial
rodeaba a aquel humano,
lo dejó reposar en la cama,
se sentó a su lado,
con más calma sus vívidos ojos
recorrieron curiosos el nuevo rostro
que la providencia había traído
hasta el bosque,
así permaneció hasta sornar.
en una pequeña casa
perdida en medio del bosque,
llevaba ahí
desde el recuerdo más lejano de su memoria,
no tenía conocimiento de haber estado en otro lugar,
ni tan siquiera pensaba que pudiera existir algo más allá del bosque,
ahí estaba su hogar,
su alimento,
su vida,
era una ninfa olvidada en el tiempo,
formaba parte del bosque
éste a su vez era parte de ella,
como si una conexión mental
existiera entre ambos,
su humilde cabaña parecía verdoyo,
la oquedad de un tronco hacía las veces de chimenea,
escupía bocanadas de humo
de diferentes colores,
un puchero, donde hervían frutos y hierbas, borboteaba sobre el fuego,
desprendía un dulce aroma
que impregnaba toda la casa,
rodeada de la apacible calma del lugar
ocurría la existencia de Alçalaín,
salvo hoy,
las ramas de los árboles
se agitaban intranquilas,
murmuraban entre ellas
lo que había acontecido esta mañana
en la profundidad del bosque,
la joven ninfa quedó embriagada de curiosidad
por lo que contaban los árboles,
un humano en el bosque,
ella nunca había visto a ninguno,
¿cómo sería?
Desplegó sus hermosas alas iridiscentes,
desprendían destellos de vivos colores,
destacaba sobre todo el verde,
emprendió, llena de nerviosismo,
un rápido vuelo
hacia el viejo árbol de las afueras del bosque,
casi sin aliento llegó,
se adentró,
aún palpitándole el corazón
fuera de sí,
en la oscuridad del tronco,
un sobresalto le vino al encontrar un cuerpo malherido en su interior,
se acercó con miedo,
comprobó que aún quedaba algo de aliento en aquel desgraciado,
tenía que hacer algo para ayudarle,
intentó moverle,
pesaba demasiado,
difícilmente lograría sacarlo de ahí,
a pesar de ello,
en un cúmulo de fuerzas,
tiró de él con ahínco,
entre sudores
logró llevarle al exterior,
tendría que cargar con él,
cosa que no le hacía mucha gracia,
era excesivamente pesado,
mas la curiosidad por conocer a un humano
podía con ella,
acarreó con voluntad el peso del cuerpo
en un exagerado esfuerzo,
llegados a la pequeña residencia de la ninfa
ésta aplicó, con sabiduría,
diferentes cataplasmas,
elaboró algunos brebajes
con diferentes hierbas,
logró hacerlos tragar al pobre moribundo,
sabía que sanaría,
conocía a la perfección todas las hierbas,
sus mágicas propiedades,
sentía que una energía especial
rodeaba a aquel humano,
lo dejó reposar en la cama,
se sentó a su lado,
con más calma sus vívidos ojos
recorrieron curiosos el nuevo rostro
que la providencia había traído
hasta el bosque,
así permaneció hasta sornar.
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