martes, 18 de junio de 2019

La gente circulaba alrededor
ajena completamente a mi ser,
yo permanecía inmóvil
sentado sobre el banco,
algo acontecía,
una fluctuación de energías,
una fisura en el espacio-tiempo se abría,
poco a poco iba a más,
la constante cosmológica
quebraba de forma inexplicable,
de repente un punto luminoso
surgió de la nada frente a mí,
era curiosamente hermoso,
explotaba en un chorro de gran presión,
mas su energía no me repelía
todo lo contrario,
me atraía,
me atraía con fuerza descomunal,
no podía resistirme a pesar de mis esfuerzos,
mis dedos se extendieron hacia aquel punto brillante,
sentí un ligero cosquilleo,
mis manos empezaron a desaparecer,
ante mi atónita mirada
me desintegraba,
me deshacía en minúsculos hilos
engullidos de forma furiosa por la luz,
el punto se agrandaba por momentos,
como si se alimentara de mi energía vital,
antes de que me diera cuenta
todo mi ser había sido absorto
rumbo a lo desconocido.

Me encontré,
caminando sobre pálidas arenas,
tan calientes, que parecían bullir,
en lo alto,
aves carroñeras sobrevolaban en círculos,
esperando,
esperando…

¿Había atravesado la tela cósmica para caer en la muerte?

¿O acaso esos buitres llegarían a ser mis amigos?

Seguí andando,
sin tener muy claro por qué,
si lograría llegar a alguna parte.

Alcancé a ver a lo lejos una montaña alzarse,
hacia ella mis pies se dirigieron,
mientras ardían por el insoportable calor,
cuanto más me acercaba a ella
más me admiraba aquella geoconstrucción,
donde el inexorable paso del tiempo
había dejado su huella en forma de cicatrices,
recorrían sus rocas,
dándole la apariencia de un anciano
repleto de saber antiguo,
parecióme incluso distinguir sus rasgos faciales,
sus ojos,
su nariz,
sus labios,
sus labios proferían palabras,
en alguna lengua olvidada
que nadie podía entender
salvo la propia montaña,
sentía que debía alcanzar su cima,
no dudé,
inicié el ascenso inmediatamente,
mas no había de ser fácil,
sus rocas filosas laceraban mis manos,
la sangre resbalaba sobre la piedra,
inerte y sedienta,
revitalizando a la vieja montaña,
mas era un bajo precio a pagar
por recorrer tan sabios muros,
así como la montaña bebía de mí
yo me ilustraba a cada centímetro
que lograba ascender,
hasta la última gota de sangre
hubiera impreso sobre la roca,
para ser parte de ella,
si no fuera porque sabía
que aún quedaba un largo camino por recorrer,
todo un mundo nuevo que explorar,
me entregué firme a la dura prueba,
en mi largo esfuerzo encresté la montaña
entonces
algo asombroso se descubrió
ante mí,
el más hermoso verde
que nunca había imaginado
se extendía bajo mi pasmada mirada,
formaba un extenso valle,
un río nacía a mis pies,
bañaba la roca,
joven y fresca,
como si de una montaña nueva se tratara,
caí de rodillas
magullado y hastiado de dolor,
bajé mis brazos,
dejé que mis manos
se introdujeran en el agua,
contemplé durante largo tiempo sus heridas,
profundos cortes,
piel desgarrada bailando en la corriente,
instintivamente
fui introduciéndome de forma completa en el río,
su frescura me remozaba,
mi espesa melena se empapó como esponja,
pronto todo mi cuerpo
chorreaba la pureza del agua,
me sentí mucho mejor,
aposenteme sobre la hierba
que tan basta crecía
a respirar el placer que me rodeaba,
me hallaba en el corazón de la calma,
disfruté de aquella paz
hasta perder por completo
la noción del tiempo,
repleto de fuerzas opté por levantarme,
proseguir mi andadura
por el valle de lo desconocido,
mis pies saborearon la hierba,
caminé,
caminé,
ante un denso bosque me hallé,
de entre todos los árboles
que mi vista lograba alcanzar
uno llamó especialmente mi atención,
no por su altura
sino por su tronco,
era tan ancho
como un edificio de once plantas,
ningún otro árbol le hacía sombra,
estaba como apartado del resto,
generándose un pequeño claro
a su alrededor,
donde los rayos del sol brillaban con entusiasmo,
comencé a rodear aquel árbol,
contemplaba atónito su majestuosidad,
cuán grande fue mi sorpresa
al bordear una gruesa raíz,
apareció una gran puerta,
me quedé anquilosado ante ella,
pensando,
quién diantre podía haberla
construido en un sitio así,
habría más humanos por aquí,
o quizá
otra forma de vida inteligente,
pero
para qué querrían una puerta ahí,
¿estarían al otro lado?

Intenté abrirla
pero fracasé,
debía existir algún mecanismo secreto
que aún no había descubierto,
examiné la puerta,
ofuscado en sus entresijos
sin lograr nada,
me di cuenta de que llevaba
mucho tiempo sin comer,
tanto pensar me había abierto el apetito,
observé que en el árbol
crecían unos extraños frutos dorados,
estiré el brazo hasta alcanzar uno,
tenía una apariencia jugosa,
lo mordí,
tuve que escupirlo en el acto,
su sabor
era lo más desagradable que jamás había probado,
entonces la puerta se abrió por sí sola,
mostraba en su interior unas escaleras,
descendían a la profunda oscuridad de la tierra.

Intrigado
comencé a bajar los peldaños con cautela,
intentaba acostumbrar mis ojos
a la poca luz que del exterior llegaba,
resbalé,
rodé varios metros hacia abajo,
duros golpes en las costillas,
intenté levantarme,
un tremendo saetazo de impulsos nerviosos
infirió un terrible dolor en mi costado izquierdo,
tosí,
el sabor de la sangre inundó mi paladar,
escupí rojo intenso
mas logré levantarme,
no sin sujetar con el brazo mis costillas,
a pesar de ello
no conseguí dar más de cinco pasos,
mareado de dolor
acabé en el suelo sin sentido.

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